Los pasadizos del recoveco de la calle General Salvo, abren paso a un espacio subterráneo de poesía e historia. En aquellas calles vivió el poeta Enrique Lihn, en la década de los ochenta. Dicho espacio se ve confabulado de una pequeña e intensa multitud, en un homenaje en la que fue su casa.
Cayó la tarde sobre Santiago y el número 87 de aquella Calle ruega, de cierto modo, ser descubierto. El dueño no supo hasta después de diez años que se trataba de la que fue casa de Lihn. Espacio que recordaba una lírica y poética vida, atrofiada, también, en el dolor muscular, y probablemente entre parches león se encontraba alguno de sus escritos. Apenas se enteró de quién se trataba, mencionó lo que ayer se hizo realidad: una placa sobre el poeta.
La casa de Lihn se mantuvo en el anonimato durante décadas. Tan solo los que sabían podían pasar a los bares de alrededor, bares de contexto, a sabiendas de lo que aquella infraestructura, algo deteriorada, emite/emana/poriza. Puede que haya pasado mil y una vez por ahí. Puede que haya vivido por ahí, mil noches, en el bar de al frente, tal vez. Puede que haya conocido conocedores de la historia de aquella casa, sin yo haberla conocido.
en la imágen: parte del trabajo de montaje de la recreación de la biblioteca de Lihn
El trabajo del equipo de la Fundación Enrique Lihn ha hecho una labor de gran envergadura, creando y recreando un espacio único en su especie. En donde, por un momento, aunque sea un instante, se pueda coexistir con Lihn. Presintiendo la rotación hacia al baño, al que, probablemente se levantaba en la noche. O el tecleo de su máquina de escribir, en plena madrugada. Hasta sentí poder escuchar a Rodrigo Lira en aquella silla de mimbre, recitando con un pronunciado sombrero de copa y el sudor en sus sienes, y el olor a cigarro. En esa casa ocurrió de todo, y lo que no ocurrió, prefiero imaginarlo.

Poetas, cantantes, estudiantes y más poetas. Hasta gente que solo pasaba por ahí. Concurridos del boliche de enfrente. Personal de la salud. Más poetas, y más cantantes comprendieron una danza cultural, y por qué no decirlo, poético – política, con performance. Cánticos, una botella y a brindar por la poesía chilena. Entre gritos de felicidad, aplausos, la placa ahí delante como diciendo, aquí yace parte de la historia, historia que hay que recordar, para no olvidar quiénes somos; un país de poetas.
en la imagen: el poeta Dante Cajales recitando
El evento homenaje hizo que sintiera que la poesía está viva, no está hibernando, nunca fue así. Ni cuando esperaban, aquella policía secreta, de aquel invierno —eternos diecisiete años de invierno— fuera de aquella calle General Salvo 87 buscando a culpables en un país mutilado. Ahí se fermenta la poesía.
Gracias a eventos como el de ayer, gracias a eso estoy vivo.