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noche de er[rock]rores

20 de noviembre de 2025 por
noche de er[rock]rores
Tomás Ragga


encapsulado el dolor, encapsulada la fórmula de dolor, encapsulado el dolor en su forma más estomacal, en su forma más retorcida de retorcijón estomacal de medianoche y de no poder dormir por la abúlica necesidad de no hacer nada con el día, la tarde, la vida y la muerte. en alguna calle, el beso perdido, en alguna vereda la lluvia cae por completo, en alguna calle tu pensamiento y el mío; aquellas fórmulas formuladas para reformular la idea de ver el amor como un país, como una ciudad, libre y alejada de tormentos cancerígenos, humeantes de pretensión. pretensión, que al fin y al cabo es una forma de vida, de vivir, de un buen vivir. lámparas y faroles de rojizas luces, performático el aroma de aquella habitación, en donde, el lugar destello de pétalos de flor, de flor en flor, van pas[e]ando por una calle paralela, y aquel extraño olor a flor que deja en el aire, aquella puesta en escena, otro, huele y presiente que algo se siente venir. el nerviosismo inevitable permite que la mano sudorosa, lubricada caiga, resbale, y choque con la mano de otro en aquella manilla, de aquel vagón, de aquel anden, de aquella estación, de aquella ciudad; llamada amor.
logrando adentrarse por entre la gente que deseosa, a sus casas llega, y por entre ellas poder pasar y destrozar la desdichada creencia de que a todos lados he de llegar tarde.
los numerosos escalones de dos en dos, como quien dijera un saltamontes con cadera ancha, y un par de glándulas mamarias, que cuelgan de la membrana plástica de un cuerpo natural, grasiento de drogas legales, legales las drogas, legalicen las drogas, drogas legales, a por ello.

*

las luciérnagas de una noche de grillos que lloraban por ver a un dios sol cantar un amplio, pero desconocido repertorio musical de noches de rock and roll. aquellos grillos no pensaban qué podría pasar un día siguiente, no sabían lo que podían llegar a dañarse las alas las luciérnagas, por la noche y como los grillos dormían, y una de las luciérnagas también, una de ellas, la otra, la más espantada de esta desgastada vida que les ha tocado vivir como insectos perseguidos por espíritus malignos de cadáveres de otros bichos raros, más raros que los realmente raros. una sobrepasó los límites de las leyes internacionales de los insectos, lo que se traduce en una falta y una fatalidad en la relación, en el vínculo que tienen estas dos luciérnagas y, por ende, los grillos también. esta falencia, el bobo/tonto/irresponsable insecto, quien ya había cotizado pasajes para irse a muy muy lejano, le costó un nevazón, un temporal y doce días de duelo.
podríamos decir que esta pequeña historia, para la luciérnaga-pesadilla, concluya en las siguientes palabras: - te amo, y te voy a amar hasta morir. la luciérnaga sufriente por haber dañado un poco más la alita rota de su compañera, lloró, sufrió, desgastó sus alas volando muy rápido hacia ningún lugar, hacia un lugar nadie. hoy vive y revolotea por entre la oscuridad, camino a encontrar su luz nuevamente. tiene la certeza de que su compañera, por más herida que estén sus alas, lo perdonará y lo ayudará encontrar el camino de nuevo, aquel camino para recorrer juntos, con las alas rotas, pero juntos.

*

sentada fue observada, sentada fue divisada, sentada y con la cara expresada en una mueca de disgusto. el sudor de aquel vagón ya no estaba; ahora estaba el ritmo cruel de una especie de terciana que opacaba el nivel sudoroso que emanaba por entre las pieles arrugadas por la humedad.
el dictado de palabras resuena con un pequeño, casi inexistente, impredecible movimiento mandibular, el que retuerce la caligrafía literal auditiva de frases practicadas por psicoanalistas. dos minutos así y ella decide sentarse. él la acompaña en el acto. conversan, lloran, se emocionan, se aman. su proyección — su imagen proyectada del otro —, desde su perspectiva hacia él fue distorsionada; más bien, desmerecida; mejor dicho, decepcionada.

*

qué serviría para vislumbrar el paisaje del podrido porvenir. una escritura, que, a ratos, se vuelve necesaria, necesaria; para sobrellevar la vida. es entonces que entra el sentido: buscar un escribir enérgico, pero con pausas; pausar los pies en la arena, hundirse un poco, levantarlos, y seguir el paso por entre una playa de gente que no importa y otras que sí. al fin de todo, es de suma significancia resignificar el sentido de la literatura cotidiana, de la poesía cotidiana: lo que de un porvenir oscuro, pueda descongelar aquello que oculto tras el telón está, la maliciosa vestidura gris, de una noche sin final, de una historia sin final.

*

en el nicho de querer decir lo que siento y cómo lo siento, pienso en un vagón de metro, en el recoveco de una estación pasada a soledad, donde las membranas de grasa en las paredes, producto de las cabelleras poco aseadas, me dicen que el lugar no es de fiar. veo ratas en la estación: corren y recorren el sitio como si fuera lo cotidiano. la pintura de las paredes está desteñida, y el olor, el olor, es una mezcla entre neumático quemado, encierro y fritanga. es aquel olor que tienen los cuerpos después de varios días sin bañarse.
en aquel nicho de pensar decido hacerlo una vez más: reflexionar qué hice mal, qué pudo haber destrozado tu vida, qué te hicieron, qué hice para merecer lo que tengo o, más bien, recibir lo que recibo de (p)arte del resto. no siempre recibo halagos y flores por mi trabajo; por lo general, son críticas destructivas —que destruyen— la ilusión de apostar por una vida mejor.
hoy quizás me encuentre abatido, por la desdicha de sobrevivir en un mundo que no elegí, en un mundo que me impusieron, y es eso lo deprimente de mis palabras; no poder visitar a mi padre por las tardes y volver a la mañana, no poder hablarle, no poder escuchar sus pasos por el pasillo en aquel departamento de mi infancia.
la amargura, averigua mi dirección, mi ubicación en tiempo real, y no lo duda dos veces, y vuelve a hincar el diente en un talón, por lo general es el izquierdo. hoy la amargura no me pide más que atención, y al más mínimo momento que la recibe, sale corriendo, tras una noche más despertando a mi lado. es importante dejarla de lado la mayoría de las veces, porque si no, envejecemos amargados, envejecemos tristes.
terminé un pequeño poemario, en donde atesoraba, tal como mencioné hoy, mis crímenes, en donde asumía mi culpabilidad ante los hechos, y donde anoté mis fechorías, las más horrorosas. es un cuadernillo que me acompañó a todos lados, donde fuera que fuera, él estaba ahí, conmigo, lo sentí cerca y viceversa. él mismo me lo dijo.
irónica es la amargura —por lo menos la que me visita por estos meses—donde la soledad quiere que vuelva a visitarla, y la muerte ahí: quieta e (in)quieta. tod(a)s me piden visitarla(s): todas las malas palabras, todos los malos estados de ánimo, toda emoción negativa— y digo “negativa” porque es invasiva, ya que no creo que hayan emociones negativas—; lo que sí es negativo es cómo estas afectan en aquel equilibrio de surfista que, como dicen los economistas, «a ellos, aquellos burgueses les encanta el surf». a mí, que nací —o más bien, me guié; o, mejor dicho, que decidí/sentí (la necesidad de) / percibí/ me identifico— poeta. ya estoy aquí, y la amargura quiere que vaya, pero yo no le hago caso: me quedo aquí mientras allá el mundo se cae a pedazos.

*

no se puede ir más allá de las palabras, me dijo un hombre un día. la verdad es que sí, siempre se puede, siempre se puede ir más allá. vale decir que la mujer que estaba sentada a su lado me gritó, diciendo que (yo) no era tan espacial como creía. yo le dije lo mismo a una editora hace unos años. era una librera (también), recuerdo. fue mi forma de soltarlo, de dejar ir esas palabras tan dañinas y desinteresadas por el yo, el sujeto en cuestión.

*

plácidamente veré una película; idealizo el momento de acostarme. irregularmente pienso que no es bueno estar donde uno no quiere, y es cierto: uno está donde quiere estar o donde puede. Y es esta última en la que estoy: tarde lejanía de pedirlo todo, de exigirme hacer lo inexigible, con el fin de soltar (la amargura), las palabras, hechos y sucesos que recibieron y hoy recibo; y que algún otro editor —alguno que encuentre por ahí, quizás mejor si está borracho, así no lo percibe bien— reciba aquella amargura que no merece, que no está dispuesto a aceptar, que lo más probable es que me la devuelva. pero no: en este vagón me bajo y hago combinación; me alejo de las ratas y del sudor en las sienes y las espaldas húmedas, de la grasa en las paredes y de las pinturas pretenciosas desteñidas, producto de la fritanga adherida en estas.
descuido mi ropaje; descuido mi apariencia para pasar desapercibido ante la cruda y solitaria, y frívola, cruel, amargura. exiliado por la unánime suma de todos los participantes de la casa —la que se ha convertido, de cierto modo, en un campo de batalla, con un solo equipo guerrero, un solo equipo de combate—, el otro (yo) no tiene intenciones de batallar una guerra perdida.

*

pérdida de sangre, derrames craneales, derrames de doctores alejados de las drogas morfinosas. las pastillas desordenadas por entre el polvo y tierra acumulada en la habitación, algo de talco, que perfectamente podría embaucarse con drogas duras. si fuese un investigador, lo primero que haría sería encarcelarme. si fuera un colega, realizaría un movimiento especifico, y con gran expertiz me balancearía a por ello, aquel resto.
escucho a un músico uruguayo que, de cierta forma, me conmueve: me hace soplidos al oído que me dicen que siga adelante, que no deje el laburo botado, que voy bien, aunque haya mucho humo en el ambiente hogareño —humo turbio a ratos, humo blanco, humo tóxico—, de toxicidades traumáticas de por entre neurólogos amateur.
*
sistemáticamente, e intranquilo, he desenfocado el lente de mi visión ante esta guerra que estoy reporteando —esta guerra de uno contra nadie—. la gota de luz saturada que recae por este lente, de repente, se va oscureciendo y llega a ser limpia, llega a ser visible para todos, y llega la calma, la calma visual. pero —y cabe recalcar este “pero”— todo lo que viene antes de aquel “pero” es, de cierto modo, mentira. por ejemplo: te amo, pero…
es entonces cuando ese, pero viene a cambiar aquella luz de la que hablaba: la luz intermitente del foco pasea un rato por la correcta visualidad del foco ocular, perceptible a rayos de luz, y luego vuelve a recaer: lo esencial es invisible a los ojos. y, a poco no, ya no soporto esta incomprensión, jurando, a pie junto, que soy una especie de médium o adivino. las ondas de radiación comunicativa entre los participantes de la guerra —los guerreros— y quienes no estamos en guerra son, por decirlo de algún modo, aborrecibles.

no encajan las tesis de los sagrados colores de una verdad amorosa y otra maternal. qué hacer sino vivir y tratar de escoger —o encajar— aquellos engranajes, arrastrados por la inocencia de que quizás no sea el amor lo que me hace decidir: un veredicto de posibles sueños acobijado en mi almohada, y hacer que estos me digan qué hacer.
el móvil suena y deja de sonar al instante. el video funciona y dialogamos; pero, si esto no ha de ser una competencia —inconsciente, de mi parte—, ¿qué ha de ser?
son tal vez ocurrencias del humo que me tiene atrincado, aprisionado, y lentamente me está dejando sin aire. hoy soñé que me quedaba sin aire. soñé que, de a poco me moría.

*

todo el mundo tiene pena, y yo no sé escribir más que lamentos: lamentos repetitivos de letras que escuché. Si he de ser un plagiador —ya lo sé, no debes recordármelo—, sencillamente no puedo escribir otra cosa. y es que, ¿qué ha de ser lo que escribo, sino más bien lo que siento? y lo que siento —basándome en estas líneas— no es más que un lamentable sentir que, incondicionalmente, crea en mí un ser despojado de palabra, letra y verso.
el otro día canté a todo dar versos que ya ni recuerdo: opciones de canciones de noches en que no puedo dormir, aquellas noches sin sentido, como ya mis palabras —tal como estas—, que no van a ver la luz del sol. y sin ánimo —o tal vez un poco— de escribir mucho y no decir nada.

*

hay una letra en inglés que me gusta, y me gusta por la melodía, por cómo se confabulan las palabras —palabras que no entiendo, en su mayoría—, pero disfruto; disfruto de mi ignorancia y sufro por ella también. y es que uno, casi siempre, termina sufriendo por la inocente ignorancia.

*

aquella noche pude entrar en un sueño profundo y múltiple de significantes. en un instante no logré ser más que un montón de traumas, en una centésima de segundo. aquella noche no había más que ganas de soñar y de dormitar cada momento de la vida, cada momento del día.

*

a ratos sé que no sé nada. puede sonar metafórico —y hasta un tanto repetitivo—, o un verso más bien flojo; lo que no deja de ser real.
el manantial, la princesa —mi princesa—, caída por entre las noches oscuras: la versión de un cenicero, de recibir cenizas, y suena un tango por detrás. toda la tarde escuchando a Gardel; toda la vida escuchando música, viviendo en el ahora y no tanto en el mañana. sintiendo cada momento, sufriendo ya cada vez más: el farol ahora ilumina gran parte de la pista y, luminosa y un tanto enrojecida, suena y resuena el florido aroma de su corazón, que herido está por culpa de insensibles, infieles e infelices seres que, por tener algo de dinero, creen que pueden acomplejar mi ego, como si de este dependiera su sucia billetera. un suspirar, y una lágrima de pena me cae al pensar cuánto sufre, cuánto persiste la idea de que sea infeliz. aborrezco a toda persona que (le) provoque infelicidad. mi querer es, de cierto modo, infinito.

hoy tercié una charla efusiva, en la mesa, no era política, no era religión, era cine. yo en tanto,          decreté ser                     
                                                       un romántico empedernido
        
                         y su piel suave, del suave murmullo de equivocarse y continuar existiendo         el teclado suena a ratos

insolente

y de repente suena irresistiblemente irritante. armonía. cristal. querer. pájaro cantor: yo en tanto prefiero la noche y el cielo azul, rodeado de sórdidas botellas vacías, un mechón de tu pelo                                                       
y oler aquel aroma que dejaste al pasar. mi 

muchachada:                                                 
                         adiós, eh ahí la referencia que,
                 solo supo entender algún estúpido romántico sediento de pesar

un smoking un cantar una coma en coma una poeta canta que desea
          anhela en flor de anakena ciega de querer para amar la vida entera una pasión

de amar el poema matutino, matar y robar por amor cantaba
                                                       
                                                                                          hay momentos que no vuelven más,

más la alegría que ofrecía no era más que una flor de verano e invierno europeo
un sueño pasado que añora el cantor y un bandoneón suena 34 un día más sin, de alguna manera que me gustaría, escribir; pero, sin embargo, no obstante, aquí estoy, tratando de escribir esta canción, al borde de la nostalgia; recuerdo a aquella persona que me hacía mucho sentido, y ya no está. recuerdo a gente que tuve y ya no. ahora bien, dudo que estas personas vuelvan, y no es que las extrañe, sino, las recuerdo.
parada de bus —Plaza Italia—, aquel lugar: pintar el cielo de un obturador, un asfalto y hombres sentados en las calles; billetera al piso, y rodeo el ambiente con humo, con fervor de no equivocar —luces—. suena Sabina a lo lejos, y él, el que no está.
metro L5: me alejo del suelo, del piso firme, del aire; el tren, de cierto modo, volaba. mañana con sol, y menciono que no deben llevar más ropa de la que quieran llevar; o sea, por ende, vale decir: ¡vayan vestidos como quieran! “estúpido”, me dice el cámara. yo le digo: —uranquilo, todo estará bien—. Don’t cry, I’m a man in the dark room.
un día M me dijo que era pelacables. qué curiosa manera —sutil, por de pronto, pensé— de decir que estaba medio loco. pero una locura “de la buena”: lo dijo con buena intención, y mala quizá, ya que me tenía ganas y yo, tal vez, también a ella. ella me recuerda a una canción de Silvio, la que menciona edades, tales como 18 y 35 años, respectivamente, lo que calzaba con la idea de que M se uniera al club de amoríos tardíos e inexistentes de mi prontuario y mi gama de colores, que a esas alturas eran una ilusión, ya que era daltónico. sin embargo, lograba ver el color de M y de la gente en general, que, en definitiva —y raya para la suma— eran seres dolidos, sufrientes, depresivos, frustrados. ahí estaba yo, entre multitudes de enfermos mentales, específicamente con adultos ya adultos, adultos; no niños jugando a ser adultos. M me decía, o más bien se unía, a mis “aventuras” de pelacables, a lo que yo respondía con sumo interés, ya que quería acostarme con ella.
*
la tarde era a oscuras; el fuego marchitaba lento por entre los esquivos pasajes de una ruta, un camino entre humanos jugando a ser hippies —o hippies jugando a ser humanos—, humanísticos persistentes en marihuana y alcoholes varios. seres extraños éramos con mi hermana —hermana mía—. fue hace años, cuando mi imaginario era interesante y no sabía que lo era hasta que ya no lo fue; pero volvió a serlo, creo. me fumaba casi dos cajetillas al día; fumaba como condenado, condenado a ser un ser inexistente que solo respiraba humo. y tenía buenas charlas —que no eran valoradas por el resto de humanos jugando a ser humanos—.
antes de irme —sí—, ya he contado mucho en pocas páginas, y eso, de algún modo, me pone ansioso. ¿qué son las páginas? ¿cuán importante es la cantidad? mi profe M —que, curiosamente, se llama igual que la otra M— me diría que mi capacidad de síntesis es sorprendente, pero, sin embargo —y vale decir—, no tiene contenido; por ende, no le alcanzó. el y los textos escritos, recién escritos, no están mal hechos, sino mal formulados. tengo un gran desorden en mi cabeza en estos momentos.
*
volviendo al tema de la ilusión de M, quien acojonaba, de cierto modo, mis noches, había otra M —la que quedará así: “Eme”—. aquella Eme era un subordinar de imperativa escritura, deseante de algún estante de casa de abuelita. dulce. Y pecas, ondas como el mar. recuerdo haber idealizado una canción, canción que hoy por hoy no idealizaría de tal manera ni dedicaría, de tal modo y sin otro particular, a mi amor. Amor de mis amores, cantó aquel hombre un día de verano en el Parque Forestal.
su vida, mi vida”, decía la canción idealizada; me parece un tanto ególatra y algo pretenciosa la letra, posesiva, despotricada de la razón pura de ser otro, y que ese otro contenga ímpetu de sobrevivencia identitaria del yo —aquel yo más yo—. soez, salvajemente: plumas, y aireado el caldo precoz de por entre los baños; más los cigarros, el barro; golpe, golpe, dolor; más discusión; suelas de botas que corren lejos, lo más posible.
es esta poesía, esta enferma poesía, con ánimo de destrozar el tiempo y obedeciendo al impulso de existir; “un poeta puede con todo”, decía Bolaño. busco y encuentro la idea que hay sobre que la poesía suena más interesante mientras menos se entienda. así leo a los nuevos poetas: nada poético y muchas “herramientas” extrañas, que llevan a la poesía como una historia poco poética, muy antipoética. suena como una crítica —es cierto que algo hay de eso—, pero, en el fondo, es la poesía que más disfruto.
¿terminar o abandonar un texto? tengo la fiel idea de que los textos se terminan por un comienzo y luego se terminan abandonando. lo que sí creo mucho es en la no excesiva-obsesiva edición. la canción es así, y así fue como salió: un par de arreglos y shá está.


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un narrador en primera persona recorre escenas urbanas y domésticas mientras registra, con tono confesional, sus vaivenes afectivos, la soledad y el declive del ánimo. el texto avanza como una crónica interior que combina imágenes sensoriales, digresiones y autorreflexiones sobre la escritura, alternando memoria, música y ciudad como ejes de sentido. a través de una prosa fragmentaria y rítmica, la voz explora el límite entre experiencia y representación, exhibiendo el proceso de decir mientras se duda de lo dicho. el resultado es un itinerario íntimo y errante que hace del desvío su método y del lenguaje su propia escena.