Debutó con Displasias (2018), después vino Yoni Microsoft (2020) y este año publicó, vía Lagar Editores, Como envejecen los globos, poemario que sirvió como excusa para encontrar distintos personajes, obsesiones, fortunas y versos en este escrito. Partí escribiéndolo un viernes ya oscurecido, sin tener mucha idea de qué es lo que podía pasar, un poco en la nebulosa de esa noche descubierta. Y lo termino un lunes, unas cuantas semanas después, ya con sonidos largados por más de una garganta. Antes de partir, una aproximación hacia la poesía de Roberto Corrial: no siempre se es objeto de amor, a veces se toma el papel antagónico.
Cristian Salgado Poehlmann
Lo conocí de pura casualidad, en un recital poético de la revista Mystic Arts, por ahí por agosto, en la Cafetería Salvaje. Aunque quizás decir “lo conocí” es mucho. Más bien, supe de su obra y su estampa. Corrial (San Miguel, 1984) estaba acompañado por su pareja, sentados en el piso, a uno o dos metros delante de mí. Lo vi y escuché declamar. Entonces me enteré de que tenía varios libros y que recién estaba sacando el último, Como envejecen los globos, por Lagar Editores. De esa oportunidad recuerdo: 1) que tiritaba mucho mientras leía sus poemas y 2) que después de leerlos, tuvo que sacarse ropa de encima –también el yoqui–, pues sudaba bastante. Nunca he sido muy bueno en términos auditivos cuando se trata de literatura, pero los versos me transportaron rápidamente hacia una figura monolítica: Huidobro. También pensé que había hecho una selección concienzuda de los poemas que iba a leer. En ningún caso estaba improvisando el conjunto de textos que presentó. Cuando lee, es un constructor de atmósferas. Al final del lanzamiento de no sé bien cuál número de la revista me fui, y aunque Corrial no me hubiera llamado la atención en los más mínimo, de nada hubiera servido mi displicencia, porque más adelante me lo volví a topar. Y dos veces. Ambas comandadas por el señor Pablo Soto, amo y señor de Coirón Editores y de El Podcast del Poeta.
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Cuando le digo a Corrial que la incompletitud me aparece a cada rato en su libro y se lo ejemplifico con los poemas “Espijerno” y “Al fin”, cuyos versos dicen “Yo en constante desarme” y “Yo no estoy aquí”, él me responde letal:
“Lo definitivo siempre es esquivo”.
Quedo malherido. No todo misil te hunde de inmediato. Y es que no solo su poesía es telegramática y cerrada sobre sí misma, lo es también su manera de enfrentar desde fuera las vicisitudes de la poesía. Le gusta desafiar. Y es entretenido, aunque hay que cuidarse. Corrial abre laberintos con sus respuestas. Hay que estar atento para no perderse, encontrar la salida y volver a hacer otra pregunta. Decido ahondar.
Le digo que hay un poema, titulado “Soy aquella larva”, en el que la voz se plantea en paralelo a cosas que no están, por así decirlo, plenas para funcionar, abarcando el plano de lo inservible, que no hay una garantía de presencia, menos una definitiva, como dijo Sofía Troncoso en la presentación del libro. A lo que responde:
“Como antenas que captan señales, pero una señal pierde su esencia al hacerse continua. La escritura automática me permite explorar un subconsciente saturado de señales, aunque no siempre recurra a la lógica. Algunas de estas señales encajan perfectamente en la pintura. Pero, ¿qué es definitivo? Es complejo cortarse el pelo sin un espejo, y un espejo se puede cortar con la mirada. Nacemos incompletos. Al convertirse en madre, una mujer abandona algo de su cuerpo. Lo separa”.
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Da la casualidad que a Soto Pablo –Coirón Editores y El Podcast del Poeta– también lo conocí en la Cafetería Salvaje, para una lectura de Inti Ediciones. Personalmente hablando, pues antes lo vi moderar un lanzamiento de un libro de poesía de D.H. Lawrence, traducido por Pablo Saavedra y Edward González, en la Biblioteca de Santiago: Cuando la fruta madura cae. Después de la lectura nos fuimos a un bar y ahí conversamos, más que nada sobre música. Vinilos. Soto es un obsesivo, le encantan, es algo que lo vuelve feliz. Tengo un podcast, me contó. Se llama El Podcast del Poeta, para que lo escuches, está en Spotify. Dicho y hecho. Cuando llegué a casa lo empecé a seguir. Ahí supe que en cada episodio hay un escritor. Y ahí, al poco tiempo, me encontré, por segunda vez, con Roberto Corrial. Justo después de eso, vino la tercera. Se trató de un concurso, por Instagram. Soto y el Podcast del Poeta sorteaban Como envejecen los globos. Y aunque nunca había ganado nada en mi vida, decidí participar. Y por primera vez en mi vida gané. No estoy muy seguro, pero es quizás a raíz de toda esta cadena de coincidencias y sorpresas que decidí acercarme más a la poesía de Corrial y entrevistarlo. Más allá de la simple lectura, me refiero. Algo así como devolverle la mano a la diosa Fortuna.
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De Como envejecen los globos me interesa en particular un procedimiento técnico. Aquí me pongo estrictamente formal:
En “Regalo” pasa algo bien interesante, algo así como encuadramientos múltiples, varias imágenes encuadradas, una dentro de otra. El poema parte en un recuerdo y ese recuerdo genera dos comparaciones; luego, se antepone un deseo que, a su vez, genera otra comparación, que se repite una y otra vez.
Corrial responde: “Me agrada cómo se yuxtapone esa historia y se aniquila”.
Una vez te regalé el crepitar de una puerta vieja
me miraste como se despiden los enfermos
como un niño que no sabe su nombre todavía.
Preferiría quedarme un rato más en este lugar
cerca de la playa
como un éxito
que repiten en la radio
–Ahora que releo el poema –prosigue Corrial–, creo que pensé el monólogo de una persona cansada de su silencio. Mirando por la ventana algo muy blanco. Humedad. Quizás no era Chile.
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Del Protorromanticismo tengo pésimos recuerdos. Las desventuras del joven Werther es un libro que conocí en la universidad y que detesto hasta el día de hoy. Tampoco me gusta El guardián entre el centeno y menos la parada de Kurt Cobain cuando sale quejándose en televisión de lo trágica que es su vida. Venero, en cambio, La colmena, de Camilo José Cela, donde la desgracia es despiadada como debe ser y es asumida como tal. Me gusta también que Rimbaud haya hecho lo que debía hacer: jugar con el romanticismo de lo literario para después mandarlo a la cresta y convertirse en un traficante de lo que materialmente diera más réditos. Supongo que es esa misma antipatía por lo romántico la que me hace ver al joven Werther por todos lados.
El joven Werther soy yo.
Le digo a Corrial, que a ratos la voz de su poemario se me hizo wertheriana, apresurada en la toma de conclusiones de vida. Además, se apoca a sí misma y muestra su padecimiento, al tiempo que engrandece a una otra parte, a otro “personaje”, inacabado, sobre el cual habla, extendiendo una diferencia sideral entre ambos sujetos. Los poemas “Mi piel ha perdido”, “Algo tendrá vergüenza de ti”, “Escondite” y “Contenido neto” son claves en este sentido.
“Me parece muy bien que sea a ratos”, comenta Corrial.
Y añade, epigramáticamente, el último verso de Como envejecen los globos:
Derrumba la ruina
–Creo que es un balance entre paroxismo y anhedonia, más que un yo netamente romántico o de vida o muerte. Siempre hay elementos que pueden distraer. Es muy personal. El propio vacío ya exacerba. Y si aparece un yo es un préstamo, más vinculado a la mentira. A una necesidad.
Y remata con una cita de su primer libro, Displasias:
“Como el día que se dieron que había que inventar una bandera
así se presentaron tus ojos”.
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Hay un ensayo en Todo puede ser, de Vicente Undurraga, llamado “Perder”, que habla sobre –era que no– la pérdida y la derrota: “A pasarlo bien y mal, a anhelar y compartir y circular vinimos a este mundo, pero no a ganar. La pérdida es inevitable. Perdemos familiares, amigos, amores. Perdemos cosas, casos, casas, de haberlas. Recuerdos, escritos, olores y facultades. Perdemos capacidad cardíaca, juventud. Aire. Asombros, potencia sexual, chalecos, memoria. En su poema más famoso, Elizabeth Bishop insta a ‘perder algo cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida/ de las llaves de la puerta, de la hora malgastada’. Saber perder integra el desprendimiento, el escepticismo razonado y la abdicación. Puede ser un arte feliz, bailable incluso: ‘La bailarina ahora está danzando/ la danza del perder cuanto tenía’, escribió Mistral”.
Las ideas de abandono, pérdida y expectativas no cumplidas emergen múltiples en Como envejecen los globos. Esta construcción de ambiente es una obsesión para Corrial. Incluso la de la pérdida trágica.
Cuando le digo que a ratos en su libro las cosas pareciera que no fueron como debieron ser, me responde enigmático como de costumbre:
–Creo que todo fue como quiso huir. No como se lee.
Entonces pienso en “Nunca”, uno de los mejores poemas del volumen:
Las manchas en mi piel
han llamado la atención de las moscas
mañana es primavera
algo queriendo despedirse
[añadidura de huesos mal pegados]
una bañera
el piso podrido
perfume fantasma
en mí
pasaba
un río
que
nunca
vi
A propósito, Corrial cita un verso del poema “Perpetua”:
“Una raíz vagando su noche perpetua”.
Y luego añade: “Esa imagen es para siempre, una especie de trofeo en vez de pérdida. Pero lo perpetuo no se soporta a sí mismo”.
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¿Cómo llegaste a la poesía?
No lo recuerdo. Quizás estoy llegando.
Eres redactor publicitario y guionista, además de poeta. ¿Cómo ha sido convivir en estos dos mundos?
Un mundo para pagar las cuentas y otro para quedar debiendo, así lo podría definir. Mundos distintos que, de alguna manera, se nutren entre sí. Trabajar para el enemigo deja. ¿Quién es menos amigo?
¿Qué te motiva a seguir escribiendo, seguir publicando libros?
Terminar mi vida como poeta. Publicar es un pretexto. Me motiva también la “buena” poesía y la “mala”.
¿Hay libros en tu colección a los que les tengas particular cariño?
Cada vez tengo menos. Last River Together, Leopoldo María Panero, primera edición. ¡Hasta Mapocho no más!, Teófilo Cid. Si algo recuerdo. Quiero comprar hace tiempo una Biblia. Pensar que fue un libro que siempre estuvo en casa.
Vamos hacia atrás, ojalá lo más posible. ¿Cuándo empezaste a darte cuenta de que lo definitivo es siempre esquivo, que las presencias no son definitivas?
Me parece extraño cómo las personas no cambian de un día a otro. Siempre algo se te va a morir. Todo va cambiando, incluso las maneras de ser poeta. Un libro, al terminarse, muere. No hay más. “Ponle un clavo a la memoria, lo único fijo es el olvido”.
¿Te cuesta estar en el mundo cotidiano o es una ficcionalización poética? ¿Es un tira y afloja con eso o tiendes a esconderte?
Por mí sería invisible, una especie de fantasma que necesita de vez en cuando Paracetamol y fumar. Mucho humo para texturizar una presencia.
¿Cómo vives la nostalgia o esa remembranza de las cosas que no viviste y que pudieron ser?
La tristeza no ayuda en nada. Es como escribir enamorado. Siempre es más cómodo desde el purgatorio. Salud por la nostalgia y sobre todo su perfume. “Como un sentimiento alegre, una especie de satisfacción de la tristeza”, Raúl Ruiz.
¿Qué me puedes contar respecto de las pérdidas en tu vida?
La primera fue al nacer, llegué al hospital Barros Luco sin un oído. Escuchar monofónico a los Beatles era una proeza. En un sueño, me mutilaba la oreja “buena”, cosa de confundir. La muerte de mi abuela sigue siendo lo más triste que he vivido, sin embargo, mi paz más pura, recae en su recuerdo.
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A Corrial en Como envejecen los globos también le obsesiona la imagen del vacío. Aparece en versos como: “Muchas/ personas/ recordarán/ toda la vida/ cómo/ se les dio/ esta/ noticia”. También en los poemas epigramáticos:
Siempre te va a alcanzar para estar en una foto vieja.
Y:
Una gaseosa ha esperado toda su vida este momento.
Incluso tiene un poema titulado “El vacío que hubo”.
No hay caso. El hombre jamás abandona su estilo:
–Soledad diría. Huele a caballo y a sombra.
Finiquita:
–Si das poema a algo, nunca te quedas solo. Esa caja de leche triste (B). El peso de una paloma en el techo. El vacío que hubo.
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Cristian Salgado Poehlmann (Santiago, 1982). Estudió Letras. En la actualidad se dedica a la ficción y el periodismo. Fiel seguidor de Rangers de Talca.