La noche en que lo ví tomar un tren a San Luis, descalzo como un vagabundo, sentí perder un pulmón, una parte del aire que jamás iba a recuperar. Leí un artículo suyo acerca del cine de Godard en una revista de movimiento, presumo que uno de esos que sacaban un tiraje de cien ejemplares, y gracias por su atención. Me hice con una copia luego de una exploración por un revoltijo de Reader's Digest y Playboy en la librería de la calle Quijano. La portada inscribía una imagen de Jean-Luc en el festival de Cannes del 68, recortada para que no aparezca Truffaut, y en letras purpúreas, como un atardecer de nubes agolpadas que, sobre la humedad soleada, irradian las últimas manos extendidas en son de gracias de la tarde nibelunga; un encabezado grandilocuente típico de las vanguardias periodísticas y artísticas de la época: “El sin aliento ácido de Jean-Luc Godard antes de su vuelta a la revolución”, y en letras pequeñas: Nro: 97 (Últimos números) asomadas bajo la fecha de publicación en vertical a la izquierda del encabezado: 7 de octubre de 1970.
El nombre de la revista y el movimiento al que pertenecía no lo recuerdo; no me interesó ni me va a importar ahora y después, en parte porque cuando lo vi y compré era únicamente para leer sobre Godard, y ahora, después de haber perdido el alquiler del cuarto, no corre en mi cerebro esfuerzo de rebobinacion alguna, salvo un poco de energía para escribir sobre un colchón puesto en unos ladrillos sucios.
Como sea, al leer el casi análisis, casi sinopsis, casi chupada de medias hacia el director francés, no me sorprendí al ver que “aprendió de los mejores: Ford, Welles, Hitchcock y Keaton”. “Aprendió y robó como los mejores. Supo burlar, engañar, ultrajar y matar a los maestros y a sí mismo”. “Basura de Mao, ¡trash!, basura de Lenin, ¡fruush!, bodrio de Marx, ¡puaj!”. “Todo esto demostró en su más reciente película traída a nuestra cartelera nacional: ‘Luchas en Italia' (Luttes in Italia)”. “Continuación de su burla a la risa de Mao y Marx, etapa que comenzó con ‘La chinoise' y ahora con un humor, si bien menos ácido, que no deja duda alguna de que todo menos el humano puede tener un poco de razón”. Lo que continuaba era una revisión minuciosa del plano contrapicado, conjunto, frontal, indirecto, etcétera. Un artículo muy común dentro de los que había leído acerca de cine. El mejor, por mucho, era una crítica al “Ciudadano Kane” por parte de un escritor de ciencia ficción que también fungía como crítico de cine, Guillermo De La Guerra. Pero lo que me llamó la atención, y causa principal por lo que escribo esto, fue por cómo terminó su confuso híbrido de loa y tecnicismo cinematográfico: “No hay mejor Dios, yo soy Moloch, tú eres el árbol que trasciende el sol, un sol que corre junto a otras nubes de hongo hacia la tierra para cubrirla, densarla y aniquilarla por tu intromisión al revelar y escapar de los secretos del plomo.”
Desde la noche en que la luna padeció de insomnio gracias a lo que pudo ser una profecía por parte de Buenavista, no dejé de pensar en el árbol, el árbol, que tal vez el mismo periodista de cine plantó, o tal vez yo quemé y volví a sembrar en esa misma tierra muerta que, sin comprenderlo aún, germinó el árbol de Lilith, la que la libertad mató.
Al pasar los meses, mi obsesión, u observación para ser más precisos, hacia las últimas palabras de Arturo, y a él, variaban y dependían irrestrictamente según con qué frecuencia la soledad morara en mi vida. Tenía responsabilidades y obligaciones que torturaban mi tarde, pero después Buenavista y su artículo yacían como primer pensamiento a la hora de mandar a la mierda el día. Me asaltaron dejándome un hueco de bala en el brazo (por lo que, en medio de mi paranoia, compré un arma como defensa personal), murió mi madre, corté con mi novia, y hasta hace poco solo me quedaba una habitación con una mesita de noche y una cama para consolarme de la extracción de esperanza que acometía el año.
A las diez y pico, convencido de que el mundo giraba sin verme, fui al café que se encuentra en el barrio hindú, pedí un espresso y empecé a leer la carta de sándwiches, no para aliviar el paladar, sino para distraerme de las vicisitudes obtenidas y merecidas gracias a la cobardía de hacer algo para cambiar mi esperado final. Volví para llamar al mesero e irme rumbo al puerto, que a estas horas seguro las picanterías rebosaban de lancheros borrachos y ansiosos de que alguna gorda se la chupase, decidido a ahogar mis sesos en la cresta de la más alta ola, pero mi mirada rebotó hacia el vidrio de la caja y lo vi, a unas dos mesas de donde me encontraba. Llevaba una barba y pelo largo y canoso, como un Zaratustra recién bajado del monte Gólgota, un reloj, unos jeans raídos y un suéter verde; se deducía a la vista que no había tomado una ducha ni comido un buen plato de sopa en mucho tiempo. Una joroba poco predominante pero visible, con marcas evidentes en sus ojos de enfermedad y desdén; la paz, o bueno, cualquier cosa que esperaba ver de un crítico de Godard, velaba por su ausencia. Me acerqué lo más rápido que pude y me vio tropezar con algunas de las sillas que impedían mi desequilibrado paso hacia su mesa.
Buenas noches, señor Buenavista. ¿Lo conozco? Preguntó. No, dije, solo que leí su artículo sobre Jean-Luc Godard y me gustó. Ah, tome asiento, amigo, ¿quiere un café? No, gracias, ya me iba, pero lo vi y me pareció buena idea venir a saludarlo. Así que leyó mi artículo, ¿es fan de Godard? No, pero sí acudí a algunos estrenos de sus películas. ¿Le gusta el cine? Sí, el western es mi favorito. Creo que tengo algunos recortes de artículos que escribí acerca de las películas de Sergio Leone en mi casa. Sería increíble verlos, dije. Vivo en la residencial Lope de Vega, contestó, vamos y le muestro una película perdida, precursora del noir en Latinoamérica.
Durante todo el trayecto a la residencial, el silencio imperaba con un garrote que se veía desde las azoteas de los grandes edificios, transformado en bruma que descendía hasta nuestros pies. No me atreví a soltarle una crítica a su adulación de la nouvelle vague y menos a preguntar cómo se le había ocurrido mudarse a una ciudad tan poco agraciada en los temas de cine como este, pero al dibujar líneas paralelas desde las dos aceras, el semáforo de la calle San Martín, el parque de los olvidados y cualquier cosa para evitar la incomodidad que sería voltear a mirarlo y lanzar alguna insidia con la mirada, descubrí, al agachar la cabeza hacia la vereda, que sus zapatos, ignorados hasta ese momento, estaban húmedos y salpicados, de ese cuero que cuando se mancha solo se oscurece más, sin importar cuál sea la composición del alimento, bebida o tinte. Parecían recién salidos de una alcantarilla, y no pude adivinar en dónde se había metido ni qué hizo antes de llegar al café, porque en lo que llevaba la noche la lluvia no se atravesó, el viento reventaba a cántaros y la niebla predominaba, pero ni la garúa aparecía. Llegamos y el guardia de la residencial nos observó cruzar en silencio. Me di cuenta de que vivía en la azotea del segundo edificio, en un pequeño cuarto con una única ventana, grande y percudida, que miraba al pequeño parque de la residencial. Una tetera que se sentaba sobre una pequeña estufa, una radio a transistores sobre una mesa de madera podrida, dos sillas, un colchón recién hecho que reposaba sobre unos ladrillos y un pequeño rimero de libros y recortes, surtidos entre sí al costado de la puerta y unas velas que compensaban la falta de luz eléctrica.
Tomó un spray oculto detrás de la radio y de un salto pasó de estar de pie a la cama. Roció por encima de la sábana una especie de aromatizador con olor a lavanda y enseguida se volvió a levantar. Empezó a rebuscar los recortes de revistas prometidos en toda esa confusión de papeles empastados, sueltos, rayados y arrugados. ¿Alguna vez has estado en una buhardilla asquerosa y fría como esta? Preguntó mientras que de cuclillas revisaba uno a uno sus libros y libretas; por aquí deben de estar. La verdad, no, respondí, perdí mi casa, así que, a comparación de eso, esto se ve muy reconfortante y el frío se olvida cuando tienes techo; es como si el horno estuviera siempre abierto, como si la estufa estuviera siempre cocinando, es como si nunca te destaparas de la cama. Me sentía exhausto porque lo único que había en mi estómago era ese espresso y me senté en la silla, echando mi atrofiada cabeza a la mesa, mirando de reojo la ventana, en espera a que el hombre hablará o al fin se dispusiera a mostrarme los tan ansiados recortes y la película perdida de algún director argentino u alemán que por alguna extraña razón fue a parar a Latinoamérica para hacerla escenario del incipiente Noir, pude contemplar el infinito daño que Dios provocaba a las estrellas y toda constelación fijada en el cielo corrupto y negro de la tierra que al vernos deseaban; y eso si veían, si deseaban, si supieran que todo lo que extrañaban era en detrimento de su sufrida estática; tener también bancos, tener también delincuentes, poder morir sin sufrir la culpa por ello, tener el sexo a la mano en cualquier momento mientras tuvieras cinco sentidos, y no fueras el Gabriel alado y santificado, como nos creyeron siete siglos atrás, despertar y no temer que recuerdes la pesadilla clave, esas sombras vagas que pululan en el agujero de espacio tiempo pidiendo más horas para divertirse, para comerse entre sí, quemarse y olerse y saberse quemado, frito, muerto, saberse cualquier cosa menos razón viva y eterna, ¿Extrañaban esa vida? ¿Habrán tenido alguna vez esta vida? De pronto me invadió una melancolía enorme; mi vida se fue con las últimas monedas en el café y ahora solo prolongaba el inminente ocaso de una ciudad que nunca fue mi ciudad, de los cuadernos que nunca firmé y de la tierra que nunca fue mi tierra luego del golpe de abril. Comenzó a emanar un olor asqueroso y supuse que era por las tuberías de todo el complejo que acababan en una especie de máquina procesadora que estaba en la azotea; lo sentí tan cercano a mi piel que fácilmente pude haber salido a la calle y decir que estaba tratando de salir todo este tiempo de un desagüe y me creerían, alejándose con la nariz tapada. Aquí están, dijo el hombre que ya no sabía si era un hombre. Un hombre no frecuenta el silencio, salvo si este quiere marcharse o matar a alguien. Se paró e irguió de tal manera que parecía un cóndor reflexionando por su caza. Verá usted que este tugurio no está en orden; ya pronto me mudo a la colonia Alonso Ramírez por la 102, más cerca de los restaurantes que frecuento. No se preocupe. ¿Me lo podría mostrar? Por supuesto, me pasó dos imágenes que eran ciertamente películas de Leone, pero eran simples sinopsis de estrenos anunciados en un periódico de papel barato. Son buenos, dijo, tal vez creyendo que me tragaría la mentira del análisis constructivo. Ya veo, lo hojeé un poco, más para que viera que le tomaba importancia a su trabajo que por un verdadero interés en los miserables recortes que no pasaban de los 10 cm de largo y 8 de ancho; son buenos. ¿Sabe?, me recordó un poco a esos slogans de clase B: “Increíblemente emocionante para recordarnos que hay verdaderas películas”, “Una explosión de emociones va a encontrar aquí”. Dejé los recortes sobre la mesa. —¿Hay algo para tomar? —pregunté como una excusa para dejar los temas de los periódicos de lado. —Sí, claro —dijo aliviado al ya no recibir más el hostigamiento, que creía de mi parte; por su expresión de asco pude saber que también percibía el horrible olor que yacía en el ambiente (a pesar de algunos esbozos de la lavanda) a estas alturas casi en penumbra. Aquí está, me alcanzó un pequeño vaso con agua tibia; lo bebí con un nudo apretando mi cuello para no vomitarlo, ya que la peste se sentía no solo en el aire, sino ahora también en el agua. Había pasado un buen tiempo, casi cuatro horas desde que nos encontramos en el barrio hindú, y ahora solo nos sentamos frente a la madera podrida para beber un agua que faltaba pasar por cloro. Estuvimos largo rato en silencio y cada quien mirando su propio punto muerto, pero sobra decir que su nerviosismo se intensificó a tal punto que cada tic que hacía su rodilla era cada vez mayor conforme pasaban los minutos.
¿Qué significa el árbol? Susurré casi para mis adentros: "¿Qué?". Preguntó con tono cansado: "¿Qué significa el árbol?, ¿por qué eres Moloch?". Una metáfora tonta, respondió, un arbusto donde descansa un gato que acaba de atrapar un ratón; en ese momento acostumbraba a poner pequeños poemas al final de los artículos, romanticista beat al ciento por ciento. Le conté que de niño conocí a un tipo que hacía poemas en los cielos, y al instante añadí: "Siempre vinculé la poesía con el suicidio y el cielo; alcanzarla requiere de valentía y miseria, es saber que es absurdo llegar a ella, pero que, sin embargo, se pierde todo para, al menos, ver su reflejo. Se pierde el ímpetu de esperar la siesta y el sexo, y solo nos ahogamos en la arena caliente que dejaron cubrir la tierra hace dos mil años". Mi esposa odia los suicidios, dijo; cree que son solo para maricas que están condenados por el sida. Pero yo lo veo como una especie de legado egoísta: el artista se suicida como nota al final que enriquece su obra sin sentido; todos lo tienen, hasta el hombre más común encuentra un escape fácil ante la imagen, su cuerpo sin vida cogiendo el arma o el cordón; llámalo ego o marketing extremo, pero hay una especie de satisfacción que no vas a disfrutar, pero es tuya, es tuyo el recuerdo y eso te importa, te importa más que el disparo y el colgamiento. ¿Cuánto tiempo lleva casado? Seis años, un pacto más que una relación. Es decir, ¿la odia? No la odio, solo que ya no aguanto su estúpida risa y ojos amables que delatan su indiferencia cuando trato de arreglar el sexo o proporcionar nuevas posiciones. ¿Y dónde está? Se fue, quiso dejarme por la desquiciada idea de acostarse con otros para salir de este tugurio, y solo se fue; bien por ella, supongo, subir hasta aquí ya la cansaba.
De improviso, todo comenzó a ir más rápido; nació una preocupación latente alrededor. Yo tenía una novia parecida, le dije, solo que no se quería prostituir.
Miró su reloj y se le obnubiló el habla; tenía razón en cuanto al frío capital de esta parte de la ciudad. Tengo que partir temprano por un trabajo para cubrir una feria de cultura en la ciudad de San Luis; me dijiste que no tenías casa, ¿cierto? Pues te ofrezco cuidar este pequeño hogar, vivir en ella mientras ando fuera, por dos semanas; después de eso, te conseguiré un puesto de ayudante en una redacción del centro. ¿Aceptas? Claro, respondí, muy agradecido con usted, consciente de que nunca volvería a pisar este lugar una vez en la calle y menos de volver a ver a este viejo de mierda decadente. La verdad, no sé por qué para este instante todavía no me marchaba a toda prisa aleteando mis brazos en el aire, pero seguí con el juego. Mi tren sale a las cuatro, dijo. Entonces me puse de pie y esperé afuera con la puerta cerrada a que saliera con la misma ropa, pero más sacudida y liberada de alimañas. Comenzó a llover y por fin me di cuenta de que todo esto de alguna manera estaba o terminaría jodido: escapa y no regreses salvo para rematar al maldito, corre, sube los volúmenes de las venas y jamás regreses al satélite que nunca fue del sol. Aquí me hallaba, afuera, debajo del edificio que supo parecer la vela de la cima del cielo más azul, pero ahora era lo más enfermizo de todo el mundo, llamando a un taxi junto al peor crítico de la vida, la peor barba que pudo haber parido la metrópolis periodística, pero de alguna razón existía un cordón umbilical que dibujó la desfigurada desdicha negra entre nosotros dos; no podía odiarlo tanto, ni siquiera era odio, sino una simbiosis particular de pena, vergüenza y paternalismo. ¿Qué podía llegar a hacer este pobre tipo, él que cree que escribir prólogos o sinopsis son buenos análisis, en una noche donde la sangre espesa, caliente y turbia recorre tuberías, casas, cocinas y taxis? Así que nos hallábamos en camino y Buenavista vestía con una bufanda levantada hasta la nariz y los mismos zapatos manchados de no sé qué. Cuando llegue, voy a comprarme unos nuevos, dijo mientras se acomodaba el cabello. Quería bajar mi maletín, pero ya es muy tarde, dijo, remarcando otra vez las dos últimas palabras en un profundo susurro que en ese entonces y ahora parecía un grito asfixiado por la frustración. ¿No llevas cosas importantes ahí? Pregunté, un tanto agripado por la lluvia que acrecentaba las pistas sumergidas. No, cuando regreses puedes hacer lo que quieras con ese maletín; te aseguro que te provocará más molestias si no lo desechas, ocupa mucho espacio, es pura basura acumulada de días. Mientras decía esto, lo capturó una pequeña risa que siguió a una sonrisa que no desaparecería hasta terminado el recorrido. Una ampliación pequeña, que me dejó pasmado, de su boca; gracias a las luces de los postes que se filtraban por la ventana del taxi, pude ver qué tan podridos se hallaban sus dientes, sus labios resecos y con heridas, como si sufriera de sífilis o VPH. Su rostro mostraba un cansancio comprensible, pero a la vez con una sensación de que todo acababa para él. Durante el resto del trayecto no lo vi utilizar más su reloj porque, y seguro él también pensaba así de estas horas, el tiempo ya no lo perseguía; es más, ya no iba a morir.
Las bocinas gritaban planos reales, lenguas ancestrales, brújulas australes, la luz para quien busca una feliz oscuridad, castigo y santificación en un cuerpo inerte como el mío y una caricatura como aquel viejo que alguna vez supo escribir bien, o supo mirar bien el cine. El cielo, no la casa de la cruz manchada en vinagre, sino el verdadero cielo, ese monstruo que vio colapsar y nacer nuevos perros callejeros, nuevos valores fuera de la órbita concebida como correcta y eterna, se abría como las piernas de la clara dama de Dionisio, la madre de los hijos vagabundos e incorruptos que valen en oferta un precio mayor al pan, vientre deseado por mis lagunas mentales, mientras que mi saber baja poco a poco hasta definirse en la matriz del buen paladar, sin concepción, sin esperanza de poder sobrevivir fuera de ella.
Lo tomé de una entrevista que le hicieron a Godard del 67, dijo en voz baja mientras se seguían inundando las urbanizaciones; creo que estaba borracho, no lo sé. Comenzó a delirar sobre el libro del Génesis y a burlarse de la poesía de Ginsberg: por eso su ego demostró llamarse Moloch; él era Moloch, y Ginsberg era el árbol, creo, como quien te desprecia en tu propia cara, confesó en respuesta a su mentira de hace rato. ¿Pero llamarlo árbol que escapa del secreto del plomo? Pregunté. Creo que es un pronunciamiento a la posición política del beat; lo llama cobarde a su manera, provoca al gobierno y escapa de su captura. ¿Pero Jean-Luc no era igual? Tal vez, creo que sí, pero a un narcisista no le puedes decir traidor y que se lo crea; necesitas una guerra civil para que recién se ponga a reflexionar. Así es como funcionamos; no necesitamos paz para construir nuevos sistemas de pensamientos como los helenos, necesitamos aniquilar al más humano, al feligrés cristiano, católico o hedonista. Necesitamos un pretexto para renovar los precios de los terrenos destruidos y parcelar los viejos barrios convertidos ahora en tentación de ricos. Es una mierda iluminada, pensé, el adonis de la decepción brillante, un cristo sin iglesia y sin Marías, y yo lo acompaño de vuelta a su cruz fuera de aquí.
Llegamos a la estación, conscientes de que ya era tarde para nuestras vidas, y la sonrisa se transfiguró en una seriedad casi logística; el reloj volvió a ser protagonista de sus ojos y no se detuvo de mirarlo hasta que pasamos la verja de la taquilla. Un viejo bajo, calvo y con un bigote chistoso castaño nos recibió. Buenos días, señores, dijo, sus boletos, por favor. Buenavista le dio el suyo; él, dijo refiriéndose a mí, viene para despedirse. Antes de llegar al andén, se metió al baño. Esperé unos diez minutos a que saliera; por mientras cerré mis ojos y empecé a recapitular la noche: El café, el barrio hindú, el alquiler que nunca se pagó, la lluvia pertinaz que no cesaría hasta verme muerto, el viejo que recortaba revistas, el crítico que besaba los pies y copiaba las entrevistas a Godard, el que apareció entre libros patriotas y pornografía; el real ejemplo del americano del siglo xx, la verdadera cara del fin de la ilustración. Si Kant hubiese colaborado con el Marqués de Sade en su Sapere Aude, pensé, hoy tuviésemos una copia de Los 120 días de Sodoma al lado de la Biblia; la muerte inminente por hambre y la sangre dura, el frío que se acostumbra a tus huesos débiles, todo eso en un arrepentimiento que llevó diez minutos. Desperté de improviso, por la llegada del tren y su trote eléctrico; miré hacia los dos lados y a mi derecha vi a Buenavista, de pie, descalzo, frente a los rieles que se iluminaban cada vez más por las luces que se acercaban hasta detenerse ante su cara avejentada.
Volvió la mirada hacia mí, me lanzó un par de llaves y billetes y dijo con una horrible sonrisa: Le dices al portero de la mañana que llegas de parte de Agustín Pardo, que conoces a mi mujer y que te pedí que la cuides. ¿En serio sacaste todo eso de Godard? ¿No había nada más detrás? No, dijo, aunque el sol corre ahora mismo, y la nube de hongos intenta alcanzarnos, ¿pero para qué?, si ya nos vamos, ¿no? Jajajaja. Ah, sí, deshazte de la maleta, bótala, porque si no, la mujercita te va a estar molestando. Adiós, amigo. Subió al vagón y se retiró por otras nubes que no eran de hongo ni del cielo, nubes nacidas del alquitrán y carbón puro; junto a esa brisa negra solo pude pensar en la película perdida de Buenavista, del director argentino o alemán, así que cogí las llaves y los billetes y salí de prisa para llamar un taxi, de los muchos que aparecían en una mañana temprana pero laborable. Al fin y al cabo, decidí ir al tugurio para encontrar el ansiado film, aunque sabía que una curiosidad más grande y miserable me arrastraba hacia allí. El cielo parecía congelarse dentro de un mar con nosotros adentro; flotábamos entre destellos de luces rojas y amarillas y figuras eclécticas del más alto orden. Llegué al edificio y solo estaba el guardia de la noche anterior; me saludó al pasar y salió al parquecito de la residencial. Ya en la azotea el olor de la madrugada no había desaparecido; hasta el sonido del temprano día se volvió asqueroso. Entré y comencé a rebuscar en el pequeño montón de libros. Intenté indagar debajo del colchón, lo alcé y encontré la maleta de Buenavista y solo hallé más hedor. El cierre estaba húmedo, y al tratar de abrirla parecía que un bulto de pelos se había atascado. La señora Buenavista se encontraba allí; había estado toda la noche fuera de mi vista, oyendo, sintiendo, pensando mis mismas divagaciones de ayer sin que me diera cuenta. Abrí la maleta y estaba arrebujada entre franelas amarillas y apestosas, bueno, parte de ella: su brazo izquierdo partido en dos, parte de su cráneo y cara; todavía estaba en proceso de descomposición cuando la encontré y no había gusanos pululando por su sangre espesa y carne podrida, por suerte. Al ver sus ojos verdes supe que era hermosa; lo fue en un tiempo. Dolía verla así, pero juró que si hubiera sabido que ese maldito terminaría metiéndola en una maleta por partes, hubiera advertido a la señora Buenavista del infausto plan para así escapar juntos y coger lo que restaba de vida en algún hotel de otra provincia.
Con la sangre seca en mis manos, es difícil seguir sosteniendo el lápiz sobre un colchón con aberturas en todos lados y a una peste que es lo último que verán mis ojos, Catrina o Afrodita, la muerte convertida en puta de la tierra, en la hija no deseada y violada por secula seculorum. Ahora, al lado de la esposa, con una indiferencia por mi pérdida de tiempo, por la falsa entrevista a Godard, por la falsa burla a Ginsberg, por la falsa cobertura a la feria cultural en San Luis, solo espero que el balazo no despierte a los inquilinos.
Sobre el autor:
Ricardo Quiroz (Seudónimo: Ricardo Quiroga), 18 años, peruano, de la ciudad de Chancay, fanatico de Jack Kerouac, Jorge Luis Borges y Roberto Bolaño.