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Adultocentrismo: violencia estructural y orden generacional del poder

21 de marzo de 2026 por
Adultocentrismo: violencia estructural y orden generacional del poder
Catalina Villalobos Díaz



El adultocentrismo puede entenderse como un sistema de organización social que sitúa a la adultez como medida universal de legitimidad, racionalidad y autoridad. Más que una simple actitud cultural o una preferencia simbólica por las personas adultas, constituye una estructura histórica que distribuye poder, recursos y capacidad de decisión según la edad. En las sociedades contemporáneas, el adultocentrismo moldea la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes tanto en la familia como en la escuela, y atraviesa la esfera pública y la privada. Su naturalización hace que rara vez se reconozca como un problema; con frecuencia aparece revestido de protección, cuidado o responsabilidad. Cada día se toman decisiones por encima de las juventudes —desde la organización del tiempo escolar hasta las políticas públicas, que las afectan— sin considerar plenamente su experiencia ni su palabra, reforzando la idea de que la autoridad pertenece a la adultez y que quienes son definidos como “menores” deben esperar su turno para ser escuchados.

​Esta jerarquía etaria no es reciente. Diversas sociedades históricas organizaron la vida social a partir de la edad, estableciendo rituales y responsabilidades crecientes que marcaban el tránsito entre etapas. Sin embargo, en la modernidad colonial, patriarcal y capitalista, la edad se consolidó como un principio estructural de ordenamiento del poder. La adultez dejó de ser solo una fase del ciclo vital para convertirse en fundamento estable de autoridad social, política y económica. Este orden generacional se entrelazó con la subordinación de género y con la lógica productiva: la plena ciudadanía, la capacidad contractual y el reconocimiento como sujeto racional quedaron asociados a la figura adulta, masculina y productiva.

​En este marco, el adultocentrismo no opera únicamente en el plano simbólico. Despliega mecanismos económicos y políticos institucionalizados que organizan materialmente la reproducción social. A partir de una concepción normativa de “tareas del desarrollo” atribuidas a cada grupo etario, se delimitan accesos y exclusiones respecto de bienes, derechos y decisiones colectivas. Las posiciones consideradas propias de la adultez concentran la capacidad de decisión y control social, económico y político, mientras que las asociadas a la niñez y la juventud quedan estructuralmente subordinadas.

​Esta subordinación se expresa en múltiples ámbitos: en la exclusión de niñas, niños y adolescentes de las decisiones políticas que inciden en sus vidas; en la dependencia económica y jurídica dentro de los hogares; en la regulación estricta de sus tiempos y cuerpos en el sistema escolar; y en marcos normativos laborales que restringen su autonomía sin garantizar condiciones efectivas de participación. Incluso cuando se reconoce su derecho a opinar, ese reconocimiento suele estar condicionado por la validación adulta. De este modo, su capacidad de incidir en la producción social, en el uso de los recursos y en la definición de las reglas que les rigen permanece limitada.

​La emergencia histórica de la juventud como categoría social refleja esta dinámica. Con la expansión de la escolarización y la transformación de los sistemas económicos surgieron espacios específicos para la formación y la inserción gradual en el mundo adulto. Sin embargo, estas trayectorias fueron, y continúan siendo, profundamente desiguales. La edad no opera de manera aislada: se articula con la clase, el género y el territorio. Mientras ciertos jóvenes de sectores privilegiados acceden a educación prolongada, capital cultural y redes de influencia que amplían sus márgenes de acción, otros enfrentan inserciones laborales tempranas, precarización y exclusión. La condición de clase puede incluso producir situaciones en las que jóvenes con acceso privilegiado a bienes económicos y simbólicos ejerzan posiciones de dominio sobre personas adultas empobrecidas, mostrando que el orden generacional interactúa dinámicamente con otras estructuras de poder.

​Reconocer derechos a niñas, niños y adolescentes constituye una herramienta fundamental para cuestionar esta subordinación generacional. Sin embargo, la proclamación formal de derechos no garantiza su ejercicio efectivo. Para que estos derechos se traduzcan en prácticas reales de participación deben existir condiciones materiales, institucionales y culturales que los hagan posibles. La desigualdad económica, las jerarquías escolares, la organización adultocéntrica de la política y las formas familiares de autoridad limitan con frecuencia su alcance.

​Desde un plano sociológico, esta estructura puede comprenderse como una forma de violencia simbólica, en la medida en que las jerarquías generacionales se presentan como naturales y necesarias. Desde la infancia se interioriza que la autoridad es adulta, que la obediencia es una virtud y que la capacidad de decisión llegará únicamente con la edad. Expresiones cotidianas como “cuando seas grande vas a entender” condensan esta pedagogía de la espera. La escuela, la familia y otras instituciones refuerzan esta lógica al organizar tiempos, espacios y saberes bajo criterios de control y disciplinamiento, legitimando una transmisión vertical del conocimiento y del poder.

​El adultocentrismo también configura la cultura infantil y juvenil. Los lenguajes, saberes y formas de interpretación del mundo producidos por niñas, niños y adolescentes suelen ser trivializados, corregidos e instrumentalizados. Cuando cuestionan el orden establecido, con frecuencia son deslegitimados por considerarse inmaduros o irresponsables. Así, la sociedad aprende tempranamente que el poder se concentra en quienes detentan la edad legítima y que la participación depende de un criterio biológico convertido en jerarquía política.

​Pensar el adultocentrismo como problema político implica desnaturalizar esta organización del poder y reconocer a niñas, niños y adolescentes como sujetos con voz, agencia y capacidad de acción en el presente, no solo como futuros adultos. Desarmar este sistema no supone invertir jerarquías ni idealizar la infancia; implica transformar las relaciones entre generaciones. Significa construir espacios donde el cuidado no sea sinónimo de control, la autoridad no derive exclusivamente de la edad y la participación intergeneracional se base en el reconocimiento mutuo. La justicia intergeneracional, en este sentido, exige una reorganización profunda del poder, del saber y de la dignidad social, capaz de cuestionar siglos de subordinación naturalizada y de abrir caminos hacia formas más democráticas de convivencia entre edades.


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Catalina Villalobos Díaz es licenciada en educación, profesora de inglés y literatura, activista y feminista. Se dedica a la docencia, la edición, los laboratorios de escritura, la investigación independiente y la ilustración, así como al trabajo con memoria y prácticas culturales. Desarrolla mediación lectora y pedagogía comunitaria, articulando infancias, derechos humanos, literatura infantil y juvenil, idiomas y diversas formas de expresión artística.