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Cabezón

27 de marzo de 2026 por
Cabezón
Melissa Barrera



​A primera vista, las largas y laberínticas calles de cemento de Santiago provocan un extraño efecto óptico al espectador, y es que parecen solamente pobladas por una seguidilla interminable de edificios ocres y grisáceos y, a su vez, por una multitud de chilenos y extranjeros con rostros inexpresivos y un apurado caminar. Cuando la mirada se acostumbra un poco al letargo, se superponen los únicos dos elementos que dotan de vivacidad a esta panorámica: un sublime cielo azulado durante el día, cuya amplitud da la impresión de que es posible tocarlo y que, al atardecer, cambia de tonalidad hasta convertirse en una obra de Pop Art; y los grafitis, de todos los tamaños, formas y colores, que van desde una sencilla raya hasta la representación detallada de una figura, trazados en los espacios vacíos de los muros de las casas y negocios o sobre capas previas de pintura. Esta es la imagen característica del paisaje de la capital y, sin embargo, es difícil notar para los chilenos que está incompleta, pues —o nunca han mirado hacia el suelo o están sumamente acostumbrados a la presencia de los perros callejeros— que caminan entre sus piernas moviendo la cola de lado a lado, y cuyas vidas se desarrollan en términos muy diferentes a los suyos.

​Es posible encontrar a este amigo peludo en todas sus formas, desde cachorros hasta seniors, quiltros y de raza, pequeños, medianos y grandes, y es que la soledad no discrimina la vida de ninguno. Se ubican en múltiples espacios y rincones de la ciudad, ya sea tumbados tranquilamente en la sombra de un paradero, mientras los capitalinos esperan impacientes la micro que los acercará a sus trabajos; sentados afuera de un negocio, expectantes de que alguien les regale un pedacito del pan que compran para tomar once; paseando por las instalaciones del metro como si fueran guardias de seguridad de la empresa, y vagando por las avenidas sin rumbo fijo, pues no tienen hogar alguno al cual regresar. Sus personalidades están determinadas por la dificultad de intentar sobrevivir un día más al hambre, a las altas y bajas temperaturas, al dolor y a la crueldad de la vida de la calle, de ahí que algunos sean mansos y busquen el confort de una caricia humana, y otros sean ariscos y desconfíen de quienes se les acercan. Probablemente, lo más llamativo es que la mayoría de ellos posee un comportamiento peculiar— dado que aprendieron por sí mismos a cruzar la calle cuando el semáforo está en luz verde— a atravesar el paso peatonal con el mismo ímpetu que cualquier ciudadano, y a tomar la micro para dirigirse a un lugar específico.

​Cabezón se llamaba un perro callejero que conocí. Aunque la mayoría de estos animales viven toda su vida sin un nombre, él sí tenía uno. Más tarde me enteré de que el apodo se lo pusieron los recolectores de basura, quienes se preocupaban de limpiar el espacio en que habitaba el peludo. Solo ellos sabrán por qué lo eligieron, y es que Cabezón, de hecho, no era un perro cabezón, pero sí un macho de tamaño imponente que daba la impresión de ser bravo, cuando en verdad le gustaba que lo acariciaran y se echaba al suelo mostrando su panza. Por el abundante y liso pelaje de su cuerpo lo envolvía una capa de color negro, pero, debajo de esa suciedad, su verdadera tonalidad era mayormente café claro, el cual se iba mezclando con blanco en partes de sus patas y cara. Sus ojos eran comunes, pero su mirada era profundamente dulce y amorosa. Se veía de un peso adecuado, a diferencia de otros canes, cuyas costillas resaltan notablemente por la falta de alimento, y parecía muy viejo, a pesar de que podría haber sido solo un adulto. Desde que lo conocí, siempre vivió en Cerrillos, y tenía dos casas que alguna amable persona construyó para él, una por avenida Lo Errázuriz y otra por avenida Los Cerrillos. A veces lo encontrabas en una, a veces en la otra, o a veces simplemente no lo encontrabas y era imposible determinar dónde estaba, qué estaba haciendo o si estaba bien.

​Poco a poco comenzó a perder su energía y sus patitas ya no tenían la suficiente fuerza para recorrer el territorio escarpado de la comuna, así que se estableció definitivamente en su segunda casa. Durante aquel tiempo, mi mamá disfrutaba dejarle agua fresca y fideos con vienesas, los cuales devoraba en un segundo, como si se tratara de un platillo gourmet del más fino restaurante. Luego movía la cola y se dejaba acariciar por ella, en forma de agradecimiento. Ahí pasaba casi siempre echado a la sombra en plena vereda e impidiéndole el paso a los demás, ya sea durmiendo o mirando con atención el movimiento de la locomoción o de los transeúntes. Pero, un día simplemente ya no apareció más y sus dos casas fueron eliminadas de manera misteriosa, por lo que no hubo explicación respecto a lo que le aconteció ni mucho menos despedida.

​Hay muchos Cabezones en Chile, y cada uno de ellos está despojado de la dignidad de merecer una historia: no tienen pasado, pues nadie sabe cuándo o cómo aparecen, y no tienen futuro, porque nadie sabe tampoco cuándo o por qué se fueron. Resulta ser que la incertidumbre del presente es lo único que se pueden permitir, pero, incluso este factor queda indeterminado cuando las personas ignoran la presencia de estas vidas en el paisaje cotidiano de Santiago.


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Licenciada en Letras por la Universidad Andrés Bello. Actualmente es estudiante del Magíster en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chile y se desempeña como profesora instructora del CECLA en la misma casa de estudios. Su trabajo se especializa en la escritura de mujeres chilenas de la primera mitad del siglo XX.