Hablar de infancia en Chile hoy implica mirar el territorio como una trama viva de relaciones, desigualdades y posibilidades. El barrio, la vivienda, el acceso a áreas verdes, la calidad del aire, la seguridad y las redes comunitarias configuran las experiencias cotidianas desde las cuales niñas y niños comienzan a comprender el mundo. En esos primeros años, cada una de estas dimensiones deja huellas profundas en la forma en que se construyen los vínculos, la percepción de sí mismos y el lugar que ocupan en lo colectivo.
Gran parte de la infancia en Chile crece en ciudades. Cerca del 90% de niñas, niños y adolescentes habitan contextos urbanos, según UNICEF Chile. Esa cifra, que parece describir un dato demográfico, también habla de otra cosa: la vida cotidiana se juega en espacios donde el acceso a juego, a verde, a aire limpio o a seguridad no se reparte de manera pareja. Hay barrios donde la infancia puede expandirse, y otros donde se estrecha.
Las cifras de pobreza infantil vuelven visibles esa distancia. La Encuesta CASEN 2022 muestra que alrededor de un 22% de niñas y niños vive en situación de pobreza por ingresos, mientras cerca de un 18% enfrenta pobreza multidimensional, atravesada por carencias en educación, salud, vivienda y entorno (Ministerio de Desarrollo Social y Familia). No se trata solo de indicadores: se trata de formas concretas de crecer con o sin certezas básicas, con o sin espacios para descansar, jugar o alimentarse con regularidad.
En ese paisaje desigual, el territorio organiza también la experiencia del aprendizaje. La escuela aparece cruzada por lo que la rodea: los trayectos, los barrios, las condiciones de vida que cada estudiante trae consigo. La pedagogía crítica permite leer esa continuidad entre lo que ocurre dentro y fuera del aula, donde aprender se vincula con el modo en que se habita el mundo. Las desigualdades territoriales se filtran en la atención, en el cuerpo, en la disponibilidad emocional para estar en la escuela.
El feminismo, por su parte, abre otra capa de lectura: la del cuidado como sostén silencioso de la vida infantil. En Chile, las tareas de crianza siguen recayendo de manera mayoritaria en mujeres, especialmente en contextos de mayor precariedad (INE). Ese trabajo sostenido, muchas veces invisible, organiza la posibilidad misma de que la infancia exista en condiciones mínimas de estabilidad. El cuidado aparece, así como una red que sostiene, pero también como una carga desigual que estructura la vida social.
En los bordes de esa trama, la vida comunitaria insiste. Barrios que se organizan, vecinos que cuidan, redes que se activan cuando el Estado no alcanza. Sin embargo, ese tejido no es homogéneo ni ilimitado; también se construye desde el desgaste, la precariedad y la sobrecarga de quienes sostienen cotidianamente el cuidado. Las redes comunitarias pueden ofrecer resguardo, pero no reemplazan las condiciones estructurales que garantizan derechos. Allí donde hay vínculo, la infancia encuentra apoyo; pero cuando ese sostén depende sólo de la voluntad y no de políticas sostenidas, también se vuelve frágil e incierto.
En ese escenario, instituciones como la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas sostienen una parte material importante de la experiencia escolar. Sus programas de alimentación alcanzan a más de 1,5 millones de estudiantes en el país (JUNAEB), asegurando una comida diaria que incide en la concentración, en la salud y en la posibilidad misma de permanecer en la escuela. La alimentación, en ese gesto reiterado, se vuelve una forma básica de sostén del aprendizaje.
El juego atraviesa todo lo anterior como una necesidad silenciosa. En él se tejen vínculos, se exploran límites, se habita el cuerpo y se imagina lo que todavía no existe. Cuando el entorno lo permite, el juego abre mundo; cuando lo restringe, ese mundo se estrecha.
La infancia se arma entonces en la intersección de estos elementos: territorio, cuidado, escuela. Y la escuela, lejos de ser un espacio aislado, aparece como un lugar profundamente político. En ella se condensan desigualdades que vienen de lejos, pero también se abren pequeñas fisuras donde otras formas de relación se vuelven posibles: formas de escucha, de reparación, de presencia.
Volver al territorio, al final, es volver a esa escena múltiple donde se juega lo cotidiano; calles sin plazas, escuelas que sostienen lo que afuera falta, barrios que inventan formas de cuidado donde pueden. Pensar la infancia desde ahí implica reconocer que estas condiciones responden a decisiones colectivas, a formas concretas de organizar la vida en común y de distribuir recursos, tiempos y responsabilidades. El modo en que se habitan los territorios define qué infancias encuentran espacio para desplegarse y cuáles quedan contenidas o limitadas. Transformar esa trama requiere asumir el cuidado, el juego y el aprendizaje como responsabilidades públicas, sostenidas en el tiempo y garantizadas más allá del lugar donde se nace.
Trabajos citados
Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB). Programa de Alimentación Escolar. Gobierno de Chile, 2023.
Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Encuesta CASEN 2022. Gobierno de Chile, 2022.
Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Encuesta Nacional de Uso del Tiempo. Gobierno de Chile.
UNICEF Chile. Niñez y adolescencia en contextos urbanos en Chile. UNICEF Chile, 2024.