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Los caminos que conducen al dolor

9 de abril de 2026 por
Los caminos que conducen al dolor
Tomás Ragga
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Un dolor inevitable adormece el cuerpo y lo comprende desde la menos esperada versión de este. Los músculos, retorcidos como una fábula de cuentos —de estos libros que se atrofian y luego se abren—, como un final de este mismo género.

Vivo errante, pisando huevos: huevos podridos de una colina al sur de Chile, o al norte, o al centro, o a la costa. Vivo en el lago, en el lago que se adormeció tal como lo hacen estos músculos que arrendé, esta musculatura que me vendieron por buena y no resulta serlo. Este conjunto de huesos atrofiados por el fiel dolor. Sería interesante que el dolor fuera infiel a ratos.

El pensamiento de ir. De encontrarte. De culpa por escribir una lengua muerta. Vamos que ya amanece, vamos que atardece, vamos que hay que levantarse, oía un día por la mañana. —¿Por qué había que levantarse? —Pues porque estamos vivos —me respondió. Eso no cambió y debió cambiar; intentado el hecho, no resultó el cambio, no resultó ser cambiante, modificante... circular diría, más bien.

Una piel de alguna frase que duele, una piel que arde, una piel que, de cierto modo, se levanta por la mañana. Aquella mañana el cuero se levantó por completo, hizo una rutina excepcional aquella mañana; luego, luego me despertó y me llevó de la mano por las calles de un Santiago suburbano.

Paseamos por el Eurocentro, comimos un churrasco; luego, fui a hacer como que aprendía, como que escuchaba a aquella infame, aquella infeliz dermis que hacía como que enseñaba, como que enseñaba; hacía, hacía como que vivía. En ese instante, corrí, me deprimí. Mis músculos no respondían, mis músculos no querían irse, mi musculatura, a ratos, no quería irse, nunca quiso irse. No obstante, se fue. Quedó aquel cuero, aquella epidermis esparcida por el pasillo de aquel centro inocuo de poderío educacional.

Inevitable que la piel pudiera seguir a aquellas presas de dolor. Porque la piel no es más que un reflejo de aquello que queremos reflejar, decía mi ombligo una vez. Yo tan solo quería quedarme con mi piel y aquella musculatura, rotas en pedazos, abrazadas en la cama de un dormitorio crudo de polvo, un rato más por la mañana.

Al día siguiente el dolor desapareció; el dolor pareció haber desaparecido, el dolor de aquellas escenas de un pasado roto y sin aventuras, tan solo porque no he salido más allá de este —si se puede llamar así— cuerpo. No conozco más que estas cuatro extremidades (?). El dolor fue. Y en tan solo ese instante, sentí que estaba fingiendo. No era yo, no era dolor.

Hoy día, aquel solo dolor (?) —¿acaso puede ser solo un dolor cuando hablamos de dolor?— no solo es un dolor cuando se habla de dolor, no es solo una experiencia de dolor cuando se habla de este. Es, si no, que aquella piel poseería tantas cicatrices justo al año siguiente que ya no habría dolor. Inexistente está aquel dolor si sufres lo necesario para que no duela como dolió.

Un escritor torpe y sin experiencia siente algo así como un éxtasis al describir su cuerpo, como vil carroña ante la presa escapatoria, fugitiva.

La lengua muerta es inútil. Está muerta. ¿Qué sería de nuestros muertos si no fueran recordados? Estarían muertos en realidad. Serían, algo así, como inútiles cuerpos. Al morir, la dermis —que encremada te la dejas por las mañanas— fue y será lo primero en morir. En dejarte, en correr, en irse, en volar, en virar de tu cuerpo, de los músculos deambulantes y los huesos retorcidos, de aquello que suelen llamar cuerpo.

Un camino de tierra. Te vas. Por el camino no pavimentado te diriges hacia una calle sin salida, como el fin de tu fin de semana. Diríjase a la salida, por favor. Favor porque hay solo salidas en este entuerto, no más entradas rotas de un pasillo plagado de excremento, entre un aprendizaje de cortesía y poderío suburbano santiaguino.

Tú eres, mi sos, tu creer y mi aprendizaje. Posesión de un vocablo sin nombre, azaroso de una que otra posibilidad dérmica de palabras duras, duras pero reales. ¿Qué duele más que la realidad? La mentira (?) —el final—; duelen los finales, duelen las despedidas. Duele verte no mirar atrás, por aquella calle sin nombre, de vocablos sin fin, en algún fin de semana sin salida.

La máquina suena a mi lado. Caminar más allá del lado oscuro de mi sos. De vos. De vosotros. Ustedes, etc. Me duele. Te duele. Nos duele que se hayan ido nuestros muertos —de alguna manera— sin saber que se iban. Sin saber que morían, sin saber que no dolía. Sin saber, sin saber que la calle no tenía salida.

No puedo esconderte nada, querida. A excepción de esto y aquello. Me dueles a ratos; tu dureza es crudeza al final de la calle, basándote como un vil púber. Vil modernista y creacionista ruso, literato experto en viajes por la ciudad.

Tendido en la cama, postrado en un pupitre, yace aquel cuerpo sin vida que dentro de aquel cuerpo convivió infiernos. Luchas y batallas con un supuesto Satanás, quien enrolaba su cuerpo con el de aquel joven o viejo, adulto o niño, hombre o mujer, aquello u otro. No se sabe con precisión si este cuerpo tenía algún género o tal vez sí, en realidad, yace en algún lugar. Lo que sí, es un ser que, dolido, pidió algo de amor. Algo buscaba, y era ese amor que no tuvo. Aquellas pieles sonaban como líquido que se interponía entre él y su sombra. Los caminos que conducen al dolor hoy son sus caminos. Asqueroso, podrido su cuerpo. Sus huesos retorcidos y sus músculos entrometidos a la fuerza bajo el manto de pieles impropias.

Por supuesto que no es un ente. Por supuesto que el ente no es más que regocijos de dolores. Algo parecido al ardor de cuerpo. Algo parecido a ser hervido por aceite. Aquel infierno es lo que puede representar la estancia del hombre en su mundo extraño. Quizá puede que ser de tal modo sea simplemente un acto involuntario de verdad. ¿Qué es la verdad, sino más bien un conjunto de dolores, ardores hervidos? —puede, también, que aquel dolor no venga de más allá que de la incómoda necesidad de existir. Existir con tal pasión que sigue sintiéndolo hasta hoy, aquella locura, demencia. Con un licor delirante e interminable.

Aquella carne, entonces —no hay consciencia, por ende, mi cuerpo no es más que un conjunto de trozos de carne viva (?)— delirantes los libros, delirante verdad. Delirio del acto de grandeza de, por ejemplo, ser un adulto responsable. Cruda realidad, cruda verdad de serlo, sin querer serlo. Y serlo sin querer. Un ruido blanco adormece el momento con un aceitado ardor frágil. El delirio delirante de grandeza; aquellos mortales no saben lo que es vivir en realidad. No digo que yo lo sepa. Yo cada vez veo menos. Mis pupilas arden. Las ciudades, hoy en día, arden.

Entonces, ¿qué es ser adulto, sino más bien una estancia en un mundo aparente de dolores y sufrimientos? —¿Qué hay de delirante en eso?— El suceso es simple: complejas víctimas de creer que hay una sola verdad en un mundo de creencias irrisorias de dolor. Sigo creyendo, fielmente, que el dolor, los dolores, no son comparables. Dolores hermosos a estas alturas; puede ser que la distorsión de la realidad se atormente con la verdad de ser un fiel delirante creyente de que la verdad es una.

Mi carne dispuesta a ceder ante la incómoda fórmula del amor, un amor —a sabiendas de su crueldad— vivo. ¿Qué es estar vivo entonces, sino más bien que tu cuerpo ya comience a reclamar los puchos y los dolores, y los ardores de los años que suman, suman en vano?

La reflexión sobre la misión del poeta en un mundo, a ratos, desolador. Es aquel dolor de impresión que encarna la carne y el delirio. Delirio. Dolor.


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comentario del editor: 

A través de una prosa visceral como prudente, este texto disecciona un Santiago suburbano donde el cuerpo es una dermis ajena. Marcado por una autorreflexión descarnada, el narrador se juzga a sí mismo sin concesiones, habitando su carne con el escepticismo de quien ya no cree en verdades ni instituciones. Es el monólogo de un "fiel delirante" que se reconoce como un conjunto de piezas rotas, cuestionando su propia existencia en un mundo donde hasta el dolor parece estar fingiendo, transitandolo con pesares e incertidumbres.

 

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