Fuga
Las nubes,
mármol de un dios ausente,
yace el vuelo silencioso de un ala
rasgué, cielo divino de heridas y sal.
Para transmutar el viento
quise perder mi nombre
de escarcha, en la ruina
donde respiraba invierno.
Ansiaba
una migaja de sol.
Visité la lengua antigua
para que al fin
me guardase un verso
Ahora, en la cama despoblada
reconozco en mi pulso
latidos ajenos.
Surge el desierto azulado
en las vértebras de estas cuerdas
Vibran
Cantan
Nombran
el exilio.
Convivencia
¨De un modo casi humano
te he sentido¨
-Gonzalo Rojas
Me acechas todas las tardes.
He intentado expulsarte,
pero te acuestas conmigo
y lloras en mis hombros.
Insonoro me gritas
que no pestañee.
No quieres perderme.
Entreveo figuras,
abismo de techo generoso.
Me abrazas temeroso
para sentir que respiro por ti.
Oh, insomnio mío.
Me viste cara de víctima, es cierto
me embriagaste en vigilia
y maquillaste mis párpados,
mejor que cualquier moda.
Oh, insomnio tan cordial,
puntual y preciso,
aprovecha.
Antes de que en mis ojos
ya no funcionen tus llaves.
Tengo un mechón que me molesta
Lo miro y me mira.
Cae sobre mi ojo con un peso culposo.
Ha estado ahí —siempre ahí—
cuando creí ahogarme de aire.
Tengo un mechón que me molesta,
tan tranquilo, tan ajeno, tan estático,
sobreviviente de mi cólera
voyerista de la almohada.
Tengo un mechón que me molesta.
Sin embargo, lo acaricio.
Lo he odiado en silencio,
lo he amado sin querer.
Es ceniza, es tiempo, es sombra.
Un eterno resto marchito.
Tengo un mechón que me molesta,
pero no lo corto.
Porque si lo corto,
¿qué ha de quedar de mí?
Tengo un mechón que me molesta.
Y algún día —solo dios sabe cuándo—
me mirará con euforia,
la olvidada tijera sobre el velador.
Literatura
La novela del siglo
se deshace en mis manos.
Apagué las luces
se me acabó la vista.
El mesón infinito
se gasta en mis codos.
Pero la tinta corre
de mi lápiz adrenalínico.
Se apaga la pastilla para dormir.
Pienso en ti.
Literatura,
tu lengua es de arena.
Y me pides que beba
de tus labios de vidrio.
Escribir
es solo una forma
de no cerrar los ojos.
No me hagas esto, por favor
Suplico ante el cristal
antes de anudarme la soga carmesí
y ascender al estrado que no me pertenece.
Sujeto el brazo de la novia prometida.
Ella jamás conocerá mi nombre.
El espejo me devuelve un guiño,
la cuenca vacía de un negro absoluto.
La barba es maleza que trepa
las uñas, testigos de un tiempo que huye.
Los niños, ecos de mi sombra
me siguen sin comprender
que mis huellas ya son gigantes.
El nudo se deshace. La corbata cae
con el silencio pesado del mármol.
Todos aguardan la palabra,
el grito exacto que ha de ser pronunciado.
Pero el tinte carmesí del suelo asciende
en llamas lentas,
por la pared de mi alma.
Me ahoga entre besos secos
sobre la boca áspera del vino.
En un parpadeo la luz se apaga.
El espejo susurra su última burla
y al fin, mi reflejo no me traiciona.
La voz de humo esperaba mi regreso
Decidí dejar de escribir para contar números,
contarlos como quien reza
buscando el consuelo que se bifurcó en el
caos.
Tenía miedos comunes,
esperaba no ser asaltado
me preguntaba, si la vida no era
otra cosa que respirar monotonía.
Anhelaba ser un cubo
perfecto, inmutable y sin
aristas.
Hablar el idioma de mis pares,
esos que no saben del cordial insomnio
que me visita cada noche.
Pero he vuelto a la bohemia,
al humo del último cigarro,
al alcohol de los bares tristes.
Me he extraviado en su hermosa ruina.
He roto las cadenas, sin embargo,
mi libertad tiene barrotes invisibles.
SOMBRA MÍA
Cada día un entierro me sueña,
en la memoria arde una ceniza insomne
y las brasas brincan a mis brazos,
como lenguas que hablan olvido.
Pegado al muro como hongo pensante,
como maleza que murmura en grietas de aire.
Mi nombre fosilizado se deshace.
Sombra mía, abrázate al fuego.
Seamos uno
hasta que la ceguera sea nupcial
y el alma no vea más que vacío.
Abrazo los restos, entierro a ese eco mío.
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Rodrigo Bocaz. Poeta. Su escritura se despliega como un ejercicio obsesivo, donde el lenguaje no solo describe, sino que busca imponerse por su propio peso. A través de una voz que captura visiones del aire para forzarlas y contaminarlas con una oscuridad ritualista, Bocaz transita entre la elegancia y la simplicidad de lo usado. En su obra, el poema es un grito ominoso que se vuelve chorro: una estructura que nace de la vigilia para dar cuerpo a las palabras, pero que rara vez se escuchan.