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Crónicas de un Insomnio Cordial

25 de enero de 2026 por
Crónicas de un Insomnio Cordial
Rodrigo Bocaz



 

Fuga

 

Las nubes,

mármol de un dios ausente,

yace el vuelo silencioso de un ala

rasgué, cielo divino de heridas y sal.

 

Para transmutar el viento

quise perder mi nombre

de escarcha, en la ruina

donde respiraba invierno.

 

Ansiaba

una migaja de sol.

 

Visité la lengua antigua

para que al fin

me guardase un verso

Ahora, en la cama despoblada

reconozco en mi pulso

latidos ajenos.

 

Surge el desierto azulado

en las vértebras de estas cuerdas

Vibran

Cantan

Nombran

el exilio.



Convivencia

 

¨De un modo casi humano

te he sentido¨

-Gonzalo Rojas

 

Me acechas todas las tardes. 

He intentado expulsarte,

pero te acuestas conmigo 

y lloras en mis hombros.

 

Insonoro me gritas

que no pestañee.

No quieres perderme.

 

Entreveo figuras,

abismo de techo generoso.

Me abrazas temeroso

para sentir que respiro por ti.

 

Oh, insomnio mío.

Me viste cara de víctima, es cierto 

me embriagaste en vigilia

y maquillaste mis párpados, 

mejor que cualquier moda.

 

Oh, insomnio tan cordial,

puntual y preciso,

aprovecha.

Antes de que en mis ojos 

ya no funcionen tus llaves.



Tengo un mechón que me molesta

 

Lo miro y me mira.

Cae sobre mi ojo con un peso culposo. 

Ha estado ahí —siempre ahí—

cuando creí ahogarme de aire.

 

Tengo un mechón que me molesta,

tan tranquilo, tan ajeno, tan estático,

sobreviviente de mi cólera

voyerista de la almohada.

 

Tengo un mechón que me molesta. 

Sin embargo, lo acaricio.

Lo he odiado en silencio, 

lo he amado sin querer.

Es ceniza, es tiempo, es sombra. 

Un eterno resto marchito.

 

Tengo un mechón que me molesta, 

pero no lo corto.

Porque si lo corto,

¿qué ha de quedar de mí?

 

Tengo un mechón que me molesta.

Y algún día —solo dios sabe cuándo— 

me mirará con euforia,

la olvidada tijera sobre el velador.



Literatura

 

La novela del siglo

se deshace en mis manos.

 

Apagué las luces

se me acabó la vista.

 

El mesón infinito

se gasta en mis codos.

 

Pero la tinta corre

de mi lápiz adrenalínico.

 

Se apaga la pastilla para dormir. 

Pienso en ti.

 

Literatura,

tu lengua es de arena.

 

Y me pides que beba 

de tus labios de vidrio.

 

Escribir

es solo una forma

de no cerrar los ojos.



No me hagas esto, por favor

 

Suplico ante el cristal

antes de anudarme la soga carmesí

y ascender al estrado que no me pertenece.

 

Sujeto el brazo de la novia prometida. 

Ella jamás conocerá mi nombre.

 

El espejo me devuelve un guiño,

la cuenca vacía de un negro absoluto.

La barba es maleza que trepa

las uñas, testigos de un tiempo que huye.

 

Los niños, ecos de mi sombra 

me siguen sin comprender

que mis huellas ya son gigantes.

 

El nudo se deshace. La corbata cae 

con el silencio pesado del mármol. 

Todos aguardan la palabra,

el grito exacto que ha de ser pronunciado.

 

Pero el tinte carmesí del suelo asciende 

en llamas lentas,

por la pared de mi alma.

Me ahoga entre besos secos

sobre la boca áspera del vino.

 

En un parpadeo la luz se apaga.

El espejo susurra su última burla

y al fin, mi reflejo no me traiciona.



La voz de humo esperaba mi regreso

 

Decidí dejar de escribir para contar números, 

contarlos como quien reza

buscando el consuelo que se bifurcó en el

caos.

 

Tenía miedos comunes, 

esperaba no ser asaltado

me preguntaba, si la vida no era

otra cosa que respirar monotonía.

 

Anhelaba ser un cubo 

perfecto, inmutable y sin 

aristas.

Hablar el idioma de mis pares,

esos que no saben del cordial insomnio 

que me visita cada noche.

 

Pero he vuelto a la bohemia, 

al humo del último cigarro,

 al alcohol de los bares tristes.

Me he extraviado en su hermosa ruina.

 

He roto las cadenas, sin embargo, 

mi libertad tiene barrotes invisibles.



SOMBRA MÍA

 

Cada día un entierro me sueña,

en la memoria arde una ceniza insomne 

y las brasas brincan a mis brazos,

como lenguas que hablan olvido.

 

Pegado al muro como hongo pensante,

como maleza que murmura en grietas de aire. 

Mi nombre fosilizado se deshace.

 

Sombra mía, abrázate al fuego.

Seamos uno

hasta que la ceguera sea nupcial 

y el alma no vea más que vacío.

Abrazo los restos, entierro a ese eco mío. 


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Rodrigo Bocaz. Poeta. Su escritura se despliega como un ejercicio obsesivo, donde el lenguaje no solo describe, sino que busca imponerse por su propio peso. A través de una voz que captura visiones del aire para forzarlas y contaminarlas con una oscuridad ritualista, Bocaz transita entre la elegancia y la simplicidad de lo usado. En su obra, el poema es un grito ominoso que se vuelve chorro: una estructura que nace de la vigilia para dar cuerpo a las palabras, pero que rara vez se escuchan.