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El retrato infernal de la felicidad conyugal

16 de marzo de 2026 por
El retrato infernal de la felicidad conyugal
Sam G. Sanzana


Los girasoles saludan al sol. Un par medio marchitos y otros bien abiertos. Estas flores son perfectas para adornar el hogar y así, los girasoles podridos se esconderán bajo la belleza de aquellos que acaban de florecer. Esta sutileza con sus tonalidades amarillas representa una buena manera de resumir La felicidad, un filme de Agnes Varda (1965). La historia empieza con una bellísima ambientación en un campo en pleno verano o primavera, presentándonos a sus personajes: una familia que celebra el día del padre de manera idílica. 

Agnes Varda (1928-2019) fue una de las directoras precursoras de la época, con una evidente crítica feminista. Considerando esto, La felicidad, a simple vista, es engañosa, ¿Cómo una película que retrata una clara infidelidad producida por el afán patriarcal puede considerarse feminista? Existen dos elementos fundamentales para esto, y ambos giran en torno a lo principal de la película: el matrimonio. 

La hegemonía del matrimonio y la pareja heterosexual predominan en los paisajes de esta película. Todo parece ser perfecto. Agnes Varda representa los estereotipos clásicos de la vida conyugal. Uno de ellos es la “mujer perfecta”; atenta con sus hijos, no sale de su hogar, se dedica a trabajar en la casa y hasta el último de sus rincones irradia belleza gracias a su rol. Therese es, sin duda, una mujer que no hace más que sonreír, dedicarse a sus hijos y complacer a su marido. No tiene mayor autonomía dentro de la trama, siendo esto totalmente intencional. 

De la misma manera, la directora pone en escena al prototipo del hombre perfecto. Atractivo, atento, preocupado por su familia, amoroso con su esposa y sus hijos. Por más que esto sea lo mínimo dentro de una relación de la época, esto es constantemente idealizado junto a la belleza de los planos. Cada momento tiene tanto detalle, que en un principio el espectador podrá verse hasta, enternecido por la historia.

Sin embargo, ocurre un giro inesperado (pero al mismo tiempo no) cuando Francois empieza a relacionarse con otra mujer. En uno de los diálogos de la película, el mismo protagonista expresa la siguiente frase: “La felicidad funciona por adición” (1965). Ahí nos percatamos de que la perspectiva de los personajes empieza a retorcerse. Para Francois, mientras más personas tenga para amar, mejor. Así, los hermosos contrastes entre la belleza del paisaje y el horror de lo que se está desarrollando empieza a embargar al espectador.

Aquí es cuando aparece uno de los primeros guiños del feminismo de Agnes Varda, quien muestra sutiles comentarios en contra de la monogamia. Llega a ser revolucionario pensar en la manera de amar de Francois. Es retorcido, pero al mismo tiempo, sus argumentos nos hacen pensar que tal vez no es tan malo ¿Acaso Francois tuvo un despertar poliamoroso? ¿Cómo podemos no odiarlo después de ver el trato hacía su esposa Therese? Ella fiel hasta el final, mientras que él, en cuanto tuvo la oportunidad, se fue con una mujer que luce exactamente igual. Sin embargo, esta idea del poliamor también se ve distorsionada para caer, una vez más, en infidelidad. Después de todo, estas relaciones se construyen a partir de un acuerdo mutuo, elemento que, en ninguna circunstancia, estaba presente en la película, pero la sutil crítica a la pareja tradicional es innegable. 

De esta forma, La felicidad nos enseña que el amor no lo puede todo, por más que su protagonista lo esté sintiendo intensamente. Esto parece ser el motor para aumentar su alegría y el cariño hacía su familia. Entonces, sus emociones lo llevan a tomar la decisión radical de contarle a Therese, su esposa, la verdad. En un principio, es aterrador como el filme te hace creer que ella podría aceptar esta situación. No obstante, el mayor giro de la película ocurre cuando Therese decide morir. 

El suicido de Therese es el epítome de la crítica de Agnes Varda al sistema heteropatriarcal y a la hegemonía del matrimonio. La directora destruye el prototipo de la mujer perfecta y muestra su terrible destino en manos de este sistema. Al más puro estilo de La mujer rota de Simone de Beauvoir: “No tenía otra cosa sino crear felicidad alrededor de mí. No hice feliz a Maurice. Y mis hijas tampoco lo son. ¿Entonces? No sé nada. No solamente quién soy sino cómo habría que ser” (201). A diferencia de Monique, quien elige alejarse del infierno de la vida conyugal, Therese escoge la muerte. Ambas optan por escapar de esta vida, más bien de la terrible pesadilla que les espera. Sin importar los hijos, ni todo lo que quede atrás. Ambas construyen su felicidad en torno a la idea del matrimonio y son engañadas por este mismo concepto. 

El momento más impresionante es cuando la película llega a su final. Una especie de elipsis ocurre y podemos ver nuevamente a la “familia ideal”. La esposa dedicada, preocupada de los hijos, encargada de mantener la tradición del hogar, pero esta vez vemos a Emilie, la amante de Francois. Ahora cambian las estaciones, estamos en otoño, cerca de llegar al invierno. Todos viven felices y el lugar de Therese ha sido reemplazado ¿Nos sentimos tristes por Therese? Por supuesto, pero al mismo tiempo nos muestra a una mujer que fue capaz de huir de su destino. 

El final feliz tradicional se rompe, como todo el resto de los esquemas que la película busca destruir. Así termina esta obra, “y aunque la imagen está teñida de poesía y tragedia, nos damos cuenta, con horror, que se trata de la representación patriarcal de la felicidad” (Tugores, Párr. 8). 


Referencias

-Beauvoir, Simon de. La mujer rota. Penguin Random House, 2019.

-Bodard, Mag y Varda, Agnes. Le Bonheur. Eclain. 1964.

-Tugores, Maties. “La felicidad (Agnès Varda)”. 8 mar. 2018. Cinemaldito. https://www.cinemaldito.com/la-felicidad-agnes-varda/